martes, 22 de octubre de 2013

El poema

Mohsen Emadi
para Reza A’lameh-zadeh

I
Las palabras son el cementerio de las cosas.
El trote de un caballo en estas líneas
es un sonido que desde mi infancia no oía.
Tu risa se marchitó durante mi adolescencia.
Escribo
como si peregrinara a la ciudad de los muertos.
Si el tiempo acaso pudiera dar marcha atrás,
los murmullos de mi padre resonarían
en los oídos de este texto, el sonido de una bala
molestaría el sueño de estas líneas
y un poema de crin salvaje marcaría el paso
en una habitación cerrada por años.
Las palabras se han colocado a lo largo de las descoloridas líneas de una casa:
aquí está la ventana,
más allá de la ventana, un patio. Nadie sabe
qué pesadilla despierta el poema. Ve
a veces, en la ventana, la mirada de la novia del vecino,
a veces el columpio y la bicicleta,
o el muro con sus dibujos sin valor.
Los contempla
hasta que cobran vida.
Sólo entonces, inhalando y exhalando cosas vivas
vuelve a dormirse.

II
Hace años que los murmullos de mi padre
se perdieron en el texto del sueño
y el poema encendió tres mil velas,
modeló tres mil barcos de papel
y los ofreció todos al mar.
Ahora que ya he hecho mis maletas
y espero el primer tren
que no tendría que devolverme aquí,
el poema monta en bicicleta;
temblando y con precipitación
pedalea sobre baches y charcos,
toca el timbre de una puerta, contempla los susurros y los sollozos
con miedo a que le oigan.
Pero los susurros suenan a tan alto volumen
que es imposible oír el pitido de un tren.
Estoy todavía en la estación
y el poema en Khavaran*
protege a los muertos de estos años pasados
de la mirada de los guardias.

III
Hace un año
el poema se coló por entre una alambrada
donde los soldados patrullaban por las colinas de tu pecho,
robó tus labios,
tus manos;
y te recreó pieza a pieza.
Este año, los soldados vigilaban casi nada:
tu cuerpo ya robado hace tiempo.
En la estación
mi banco lo ocupa un muerto
cuyo nombre el poema desconoce.
(tampoco aprendería el tuyo.)
Balas y sangre caliente
encuentran su camino en estas líneas—
no hay papel que pueda detener esta hemorragia.
La estación está a rebosar de pasajeros que están muertos.
Los pelotones de ejecución
y las sogas
no esperan ningún tren.
A regañadientes, los enterradores
tocan los timbres de tres mil casas.
Tres mil bicicletas abandonadas
ensucian los callejones.

IV
El poema no está parado ante un pelotón de ejecución.
Tampoco el pelotón de ejecución
sabe hacia dónde, en el poema, tiene que apuntar.
Ellos sólo han subido el precio de los servicios básicos,
el alquiler, y los gastos del entierro.
No puedo comprar cigarrillos para tres mil muertos
pero puedo devolverles la vida.
No quiero que el poema
los devuelva a un cementerio
que ha dejado de existir,
sólo quiero recordar
que todas las bicicletas abandonadas ya se habrán estropeado,
que nadie volverá nunca a escuchar el repique de sus timbres.
Los muertos se quedarán en la estación
y si el poema puede asegurar un billete para cada lector
se lo enviará en el primer tren de ida.
En mi país
tres mil muertos en una estación es normal.
Tres mil muertos en un tren es normal.

V
En las estaciones de frontera
ellos arrestan nuestras lenguas.
Nuestras palabras se estropean cuando cruzan esa línea.
Yo me suelto de tus manos fuera de la estación,
el pitido del tren apresura mis palabras.
Las palabras han ocupado todas las cabinas,
tienen tres mil pesadillas.
Mis palabras son jóvenes,
apenas tienen treinta años,
pero se han ido acumulando
capa a capa
bajo este uniforme de preso.
El amarillo no fue el color de mis zapatos de la escuela,
tampoco era rojo el color de mi hucha-tocino
ni azul el color de mi primera bicicleta.
Las palabras han crecido con los colores de tu uniforme;
eran una manada de caballos huyendo
un arco iris que tú arrancarías
y enviarías con una larga curva por los aires
haciéndolo caer en el barro y la basura
en las esposas, en la oscuridad y en la orden de disparo.

VI
No estoy en esta larga línea esperando pan y leche.
Estoy aquí para rendir a mi lengua
Todo lo que atraviesa la frontera llega a ser más ligero.
Espero aquí a ser traducido.
Una bicicleta va por mis fronteras
sobre baches y charcos.
El poema tiene en cuenta conjunciones y preposiciones,
la distancia entre yo y yo,
mi a-ante-cabe-con-contra mi.
Llueve
sobre conjunciones y preposiciones,
sobre relaciones.
En la lluvia
la distancia entre nosotros se ensancha,
y a esta distancia, Khavaran se va alargando.

VII
En mi lengua
cada vez que de pronto nos callamos,
nace un policía.
En mi lengua,
detrás de cada bicicleta asustada
se sientan tres mil palabras muertas.
En mi lengua
la gente murmura confesiones,
va vestida de susurros negros,
se la entierra
en silencio.
Mi lengua es silencio.
¿Quién traducirá mi silencio?
¿Cómo voy a cruzar esta frontera?



*Localidad al sudeste de Teheran, Khavaran fue un cementerio Bahai usado para enterrar a los prisioneros de conciencia asesinados en la ejecución en masa de 1988. Fue demolido por el gobierno en enero de 2009.

Traducción de la versión inglesa de Manuel Forcano