miércoles, 17 de abril de 2013

Desprendimiento



Perdóname, mamá.
A veces tengo la cabeza enana,
un capullo sobre los hombros.
No respiro profundo.
No me hago mujercita.

Me erosiono sin haber florecido.
Me confunden las edades de mi nombre.
Echo culpas a la crueldad 
del cuarto mes del calendario 
y a la hostilidad de mis latitudes.

Sigo empecinada en ir hacia el espejo aunque tenga púas.
Aunque tenga dientes.
Vengo aquí y veo mi cara adentro
de esta niña desplumada que también me mira.
Vengo aquí y berreo entre líneas; 
sulfuro madrugadas pensando que
la vida es el desorden que dejan los muertos.
La locura no te enseña otra cosa
que tu calavera y por eso es buena.

Soy un barquito embotellado.
Me ahogo en la paradoja de querer zarpar
en el agua podrida que me bebe.
Porque no soy fuerte.
Porque soy una farsa.

Me solidarizo con el abandono; 
soy como el niño pendejo al que dejan solo
cuando juega a las escondidas
pero entiende que el juego es así
no por madurez
sino por cobardía. 

Guardo silencio.
Siento el eco de unos dedos picoteándome la espalda; 
a mi corazón cronometrando el regreso anhelado.

Me desespero.
Me encabrono.

Quiero correr por la lengua
de la noche.
Que me lama como lame a las estrellas.
Que oculte la evidente flaqueza de mi piel
y mis venas erizadas.

Me araño los ojos,
apuro las patologías de mis córneas.
No quiero ver.
Busco una tregua en las esquinas,
bajo las sábanas, detrás de los párpados
con una manía infantil
porque el mundo no guarece y las palabras me acosan.

Perdóname, mamá.
Ya he caminado muy lejos de mí.

1 comentario:

Miss Stone dijo...

El juego de las escondidas siempre ha sido muy flojo. Yo me escondía en los carros
Saludos Argelia